En las inundaciones de Córdoba, el cuidado sostiene lo que el agua no se llevó

Lauren Franco

Jeimi Villamizar

Derechos Humanos

Las recientes inundaciones en Córdoba han dejado más de 170 mil damnificados, millonarias pérdidas materiales, más de 5.000 animales afectados y miles de hectáreas de cultivos arrasadas. Pero hay daños que no aparecen en los balances oficiales: en medio del desastre, el cuidado sostiene lo que el agua todavía no ha podido llevarse.


Mientras su hermana Erika se coloca las botas pantaneras para colgar la ropa en el patio inundado de su casa, Sigritt Orozco se sienta en una silla junto a su perro Lucky, en una zona donde por fortuna el agua no alcanza a llegar. Intenta alejarse lo más posible del borde del patio. Cualquier contacto con el agua que rebosó el río Sinú desde hace 15 días y llegó hasta el corregimiento de Palo de Agua (Lorica, Córdoba) podría ser fatal para ella, que desde hace un año enfrenta un diagnóstico de cáncer de seno en etapa 3.

“A mí todo el mundo me ha dicho que me tengo que ir, que tengo que salir de aquí. Pero yo no quiero.
Para los demás es fácil decirlo, pero ¿para dónde voy a coger?
Mi casa puede ser muy humilde, pero es mi casa.
Y estoy con mi familia”, dice Sigritt, de 54 años.

Sigrit Orozco junto a su perro Lucky en su vivienda ubicada en el corregimiento de Palo de Agua (Lorica, Córdoba). Foto: Jeimi Villamizar

Sigritt ha buscado formas para continuar habitando su casa “mientras el agua baja”. Junto con su hermana y su madre colocaron unas tablas de madera para llegar al baño, que durante los primeros días estuvo inundado. Pusieron ladrillos bajo las patas de las camas para que el agua no las toque y utiliza repelente a diario para enfrentar el aumento de mosquitos.

Mientras Sigritt se resguarda del agua, Erika, su hermana de 50 años, cuida de ella, de su madre y de su nieto de 5 años. De madrugada se levanta para atravesar el patio inundado y mover una a una las gallinas hasta el frente de su casa, para evitar que se ahoguen. Al terminar, camina por las calles con el agua por encima de las rodillas en busca de comida, agua potable y las donaciones que han llegado a su pueblo.

“Yo trabajo de día haciendo aseo, lavando ropa, pero ahora estoy varada porque las personas que me van a buscar están inundadas dentro de las casas. Esto es algo impresionante. Y yo no puedo ir a ningún lado. Yo soy la que cuida de mi mamá y de mi hermana”, señala Erika, y añade que a su situación se suma una nueva preocupación: el dinero comienza a escasear.

El desastre de las lluvias torrenciales a inicios de febrero, que provocaron el desbordamiento del río Sinú, Canalete y San Jorge se mide en cifras: 24 de los 30 municipios están inundados, 170 mil damnificados y 4.127 viviendas inhabitables.

En la casa de Sigritt y Erika, el trabajo del cuidado empezó mucho antes de que el agua llegara. Su casa contó con alguna especie de suerte o, como ellas lo dicen, “protección de Jehová”. Cuando su madre levantó los ladrillos para construir el hogar decidió poner una base más alta que la de las demás viviendas del corregimiento. No fue un capricho ni una decisión estética. Quería prevenir las inundaciones que con frecuencia afectan la zona.

“Pero nunca de esta forma. Es la primera vez”, dice Sigritt, que ha vivido toda su vida en este corregimiento ribereño.

El corregimiento de Palo de Agua es uno de las cinco zonas afectadas por las inundaciones en Lorica, Córdoba, que han dejado cerca de 6 mil damnificados en el municipio. Foto: Jeimi Villamizar

La suerte del interior de la casa no la tuvo el patio trasero, donde el agua aún da a las rodillas y se llevó los cultivos de yuca, plátano y mango que tenían y que, aunque pocos, servían para el sustento de la familia. Ahora, para la comida dependen en gran medida de las donaciones que llegan al pueblo; pero muchos de los alimentos que reciben Sigritt no puede consumirlos, por lo que deben comprar otros productos que le permitan complementar su dieta.

Pero ellas no son las únicas manos que intentan sostener lo que queda.

El encantador de perros de Palo de Agua

Distinto a lo que piensan sus vecinos, para Juan Pablo esta inundación no tiene nada de diferente a las demás que han vivido históricamente en el pueblo. “Por eso digo que yo saldré de aquí cuando no quede nadie más en este pueblo”, señala mientras camina por las calles inundadas en dirección a una de las viviendas que, desde que empezó la tragedia, visita para darle comida a los animales que tuvieron que quedar luego de que sus dueños se fueran.

Los animales son otra de las víctimas de esta tragedia. Algunos murieron ahogados y otros quedaron abandonados en las zonas inundadas. Foto: Jeimi Villamizar

Mientras camina, los vecinos lo saludan jovialmente: “Ese es el encantador de perros”, dicen. Desde pequeño desarrolló una pasión especial por el cuidado de los animales y soñaba con tener mínimo cinco perros en su casa, una meta que superó por mucho.

“La perrita sigue vomitando, yo creo que ha estado tomando esta agua sucia”, le dice una vecina al verlo pasar. Juan Pablo le responde que la lleve a su casa o al refugio temporal que alberga 20 perros y gatos en el Colegio La Unión, donde de pronto los veterinarios que realizaron jornadas dejaron algo para ella.

Juan Pablo visita diariamente el refugio, atiende a los animales que fueron rescatados de las aguas y recibe donaciones que con el tiempo van aumentando. Además, atiende a más de 40 perros y gatos en distintos puntos del pueblo: algunos, sus familias no pudieron llevarlos; otros, ya habitaban las calles antes de las inundaciones. A todos les da comida, medicina si lo requieren y tiempo. Juega con ellos, los pasea y comparte.

“Yo no estoy atendiendo solo por la emergencia. Yo atiendo a los animales porque siempre lo he hecho. Lo hago porque uno tiene que ayudar a quien más lo necesite, y los animales no pueden hablar”, enfatiza Juan Pablo.

Cuando pasa por las casas de los vecinos que tienen mascotas les recuerda que en su casa hay “purina” —comida para mascotas— que han donado. “Pasen y me piden”. Los vecinos toman su llamado y, de a poco, llegan a su casa esquinera, donde el agua aún alcanza los tobillos y en la que vive con sus hijos, tres perros y un gato.

Para él, mientras tenga cómo, seguirá cuidando de los animales. “Por eso me cuido, porque para ayudar al otro debemos estar bien nosotros”, señala.

“Yo no pido nada para mí. Solo para mi perro”

Encerrada por el agua, Sigritt pasa sus días con su perro Lucky, a quien rescató de una camada de siete cuando era tan solo un cachorro y que, desde hace siete años, se convirtió en su mayor compañía.

“Pero él también tiene cáncer desde hace dos años. Y ahora, con esta situación, no hemos podido trabajar. No tengo cómo llevarlo a su tratamiento. Yo no pido nada para mí.
Solo pido algo para él.
Él merece vivir”.

Lucky no es el único animal atrapado por la creciente. De acuerdo con datos de la Unidad para la Gestión del Riesgo de Desastres, en Córdoba 5.500 animales, entre perros, gatos, caballos, vacas, cerdos y gallinas, han resultado damnificados por el desastre.

Entre ellos está Lucky.

Un perro criollo, cruzado con labrador, grande y de color café que, aunque parezca agresivo, es completamente inofensivo. Ladra cuando no reconoce a alguien en su casa y se coloca de forma protectora frente a Sigritt; pero cuando nota que no hay ninguna amenaza se acuesta a su lado y se calma completamente. Hace cuatro años sus genitales comenzaron a sangrar y entonces descubrieron que tenía cáncer.

“Yo le hice las quimios y pensaron que habíamos acabado con el cáncer. Pero hace unos meses volvió. Y yo no tengo cómo llevarlo hasta Montería para hacerle el tratamiento”, señala Sigritt.

Montería se encuentra a una hora de Palo de Agua. Para llegar hay que cruzar en un planchón el río Sinú, tomar una moto o un carro hasta la carretera y, allí, abordar un bus hasta la capital. Más allá de los gastos, para Sigritt también representa un desgaste emocional y físico. Hace poco salió del hospital tras una crisis provocada por la quimioterapia y, con el agua en las calles, no tiene forma de llevar a Lucky hasta un centro veterinario.


Mientras las calles del corregimiento siguen cubiertas de agua, Sigritt espera que esta situación sea el milagro que necesitaba para ayudar a su perro. Con Lucky descansando bajo sus piernas, observa a su hermana Erika, que continúa lavando la ropa y atravesando el agua que la rodea.

“A veces me siento mal con mi hermana. A ella le toca hacer todo… Y con las inundaciones yo no la puedo ayudar”, señala.

Erika no pide nada distinto a que logren tapar la boca del río y que el agua deje de correr. Para ella, si el nivel baja, todo vuelve a su lugar. Confía en Dios y en sus vecinos.

De acuerdo con el IDEAM en tan solo un día en Córdoba cayó toda la lluvia que se esperaba para todo un mes. Foto: Jeimi Villamizar

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