Cumplir diez años en el Parque la Libertad

Lauren Franco

Género

En el Parque La Libertad, en el centro de Pereira, un grupo de vecinos instaló un albergue improvisado para las familias que perdieron su casa en el terremoto de magnitud 7,4 del 10 de agosto. Sin cifras oficiales, los voluntarios estiman que se encuentran más de 200 personas, entre ellas 70 niños y niñas menores de cinco años. En una de las carpas duerme Sara, que el 20 de agosto cumplió 10. Aunque hace tres años no celebraba su cumpleaños, un grupo de desconocidos decidió que ese día sí habría fiesta.


«¿Y entonces ya está lista para mañana mi cumpleañera?», le dice Edward Molina a Sara mientras ella come un helado que algún voluntario donó para los niños y niñas que, como ella, pasan las noches allí luego de perder sus casas. Sara deja el helado a medio derretir sobre el muro y se para de un salto.

Sentada al lado de su carpa, Sara, una niña de 10 años, observa a su hermana menor, Salomé, de 8, jugar a la cuerda con dos niños más pequeños. Mueve los pies como si fuera a sumarse al juego, pero no se levanta del muro. Cada tanto grita una instrucción: «Cuidado te caes, Salomé». Ambas están en el Parque La Libertad, junto a sus padres, luego de que el pagadiario donde vivían en el centro de la ciudad colapsara por el terremoto de 7,4 de magnitud del 10 de agosto en Pereira.

«¿Qué color de vestido quieres, Sarita?», le pregunta Edward. Ella lo piensa un par de segundos y con alegría responde: «Rosado».

«Listo, mamita, entonces mañana al mediodía yo vengo por la niña y por usted y las llevamos al salón de belleza, le compramos el vestido y volvemos al parque para celebrarle el cumpleaños», le dice Edward a Mónica, madre de ambas niñas.

Una semana después del terremoto, Mónica se había hecho a la idea de que no podría celebrarle el cumpleaños a su hija y que tendrían que seguir en el parque, durmiendo en carpas, sin una fecha exacta para irse del lugar. «Pero al menos están conmigo y están vivas», dice Mónica. Lo que más espera recuperar es la cotidianidad con sus hijas en su casa. Alistarlas para ir al colegio, desayunar juntas y, cuando el trabajo lo permite, jugar con ellas. “Yo les tenía bolsas enteras de juguetes, todo lo perdimos” recuerda.

El sol de mediodía pega directo sobre los plásticos que cubren los campamentos, y adentro el aire se siente espeso, dificultando respirar. Sin cifras oficiales, ni entidades del gobierno local presentes en el albergue, los voluntarios que llegaron desde el primer día al sector calculan que en el parque se hacinan cerca de 200 familias.


Mónica se mueve de prisa buscando una sombra debajo de los plásticos que colocaron luego de que las lluvias de los primeros días dañará parte de su nuevo hogar. Allí, junto a su esposo, observan vigilantes a sus hijas, revisan siempre que movimientos están dando, a quien le reciben comida y hacia donde se mueven. “Yo duermo con una varilla porque sé que esta zona es muy peligrosa”.

Con la mirada de su madre encima de ella, Sara corre detrás de un nuevo voluntario en busca de otro helado, y Salomé se dirige al punto de acopio por dos botellas de agua. Sara vuelve minutos después con una paleta de agua en la mano y se sienta otra vez junto al muro, sin dejar de sonreír mientras habla.

«Yo no esperaba que me fueran a celebrar mi cumpleaños. Luego del terremoto no me acordaba qué día estábamos, y un día vi el celular de mi mamá y me di cuenta que estábamos a 15. Conté y supe que faltaban 5 días para mi cumpleaños», recuerda Sarita, como le gusta que la llamen.

Al ver la fecha no se emocionó. Para su corta edad, es muy consciente de que perdieron lo poco que su mamá había conseguido con esfuerzo para su hogar, y que ahora dependen de las donaciones de las personas para tener comida, agua, ropa e incluso juguetes con qué pasar los días y las noches. «Igual a mí no me celebran el cumpleaños desde los 7 años, porque mi mamá no tiene recursos. Y está bien, a mí no me molesta», dice la pequeña mientras le da la tercera mordida a la paleta.

Mónica trabajaba en el sector de La Libertad y pagaba 70 mil pesos diarios por un apartamento para ella, sus dos hijas y su esposo. «Yo sé que era caro, pero era algo lindo para mis hijas. Yo quiero que ellas vivan como en una burbuja.»

A pocos metros del albergue, la maquinaria avanza en la remoción de los escombros de uno de los edificios del sector. En el primer piso había una panadería, una droguería y en sus pisos superiores funcionaba un pagadiario, un lugar en el que la gente suele pagar entre 15 a 20 mil pesos diarios por persona por una habitación. Del lugar sacaron 17 cuerpos, aunque nadie tiene certeza de cuántas personas había realmente adentro. El edificio es una de las 66 estructuras colapsadas en Pereira, que ya deja 99 muertos y 123 desaparecidos, según cifras oficiales.

«Una amiguita mía del colegio se murió. Le cayó una pared en la cabeza y la mató.» Sara baja la mirada hacia la paleta y sigue comiendo, como si con eso pudiera seguir la conversación anterior. «Mi mamá me dice que no llore, que tenemos que seguir y agradecer que estamos vivos.»

Sara no dice nada más sobre su amiga. Vuelve a la paleta de agua, ahora casi derretida, y la termina en silencio.

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Las niñas despiertan temprano ese 20 de agosto. Un voluntario les trajo una pasta con carne y un pan para desayunar, y ambas lo comen al lado de su madre.

«¿Dónde está mi cumpleañera?», dice un hombre que llega con un pequeño pastel hasta la carpa de Mónica y sus hijas. Sara se apresura a levantarse y recibe la torta con las dos manos. Se queda mirándola varios segundos antes de decir gracias. Con un encendedor, el hombre prende la vela y un pequeño grupo se reúne a cantarle el cumpleaños a Sara, que oficialmente ese día cumple 10 años.

Mónica, que desde el día del terremoto dice intentar ser fuerte, canta con el tapabocas puesto — lo usa por prevención, después de que los médicos del albergue reportaran casos de tuberculosis, covid e influenza entre las familias-. A la mitad de la canción, se lleva la mano por encima de la tela, cubriéndose los ojos, y su voz se corta. «Yo no me imaginé nada de esto la verdad», dice.

En la mañana, varios vecinos del sector se acercan a saludar a Sara, la abrazan y felicitan por su cumpleaños. Unas horas después, mientras las personas del albergue apenas comienzan a despertar, llega el abuelo de Sara, le lleva un labial de regalo y las lleva a caminar cerca a la Plaza de Bolívar de la ciudad. «Ma, si vieras cómo está todo tan destruido por allá», dice Salomé al regresar y contarle a su mamá su travesía por la plaza de la capital de Risaralda.

Mónica dice que se sintió afortunada de que justo para ese momento llegara Edward para llevar a Sara a un salón de belleza, donde había prometido peinarla para su cumpleaños, porque con frecuencia no encuentra formas de explicarle a Salomé lo que están viviendo.

«Hace una semana, días después del terremoto, yo conocí a una niña acá en el parque que estaba cumpliendo años y organicé una celebración de afán. Ese día Sara se me acerca y me dice que ella cumplía el 20, y le prometí hacer este día especial en medio de tanta desgracia», dice Edward, un habitante del centro que se dedica a manejar Uber y tiene un local cerca de La Libertad.

Los primeros días, Edward, junto a su hijo de 15 años, se dedicó a remover escombros del edificio conocido como «Villa 13» en La Libertad, buscando señales de vida bajo los restos. Cuando la «ventana de la vida» se cerró y la posibilidad de encontrar sobrevivientes se redujo casi a cero, Edward y su hijo dejaron las labores de rescate y se quedaron en el parque.

«No se salva solo una vida sacándola de los escombros. Todas estas vidas que están ahora en el parque merecen ser salvadas, aunque las personas los desprecien por ser recicladores, habitantes de calle o trabajadoras sexuales. Muchos vivían en pagadiarios y lo perdieron todo. También merecen una vida digna», señala Edward.

Distraer a los niños y niñas que habitan el parque fue otro de los objetivos de Edward. Como padre, sabe que una de las fechas más especiales para cualquier niño es su cumpleaños y supo que quizás esa era la forma indicada para que todo el que estuviera allí por un momento olvidara la realidad que viven desde aquel 10 de agosto.

***

En el salón, Sara mueve las piernas con afán e intenta protegerse la cara del secador con el que alisan su cabello. «Nunca antes había venido a una peluquería, me da algo de miedo que me pase algo a mi cabello», dice la pequeña. La estilista la intenta calmar: le muestra unos moños para que elija el que prefiera usar y le dice que tiene un cabello hermoso. Sara deja de moverse. Elige un moño rosado y se queda quieta mientras la peinan.

Cuando ve a Sara con el cabello alisado y el moño puesto, Mónica se detiene un segundo antes de hablar. Luego las apura a volver al campamento: dice que su papá les tiene una sorpresa. Solo un par de cuadras después, las dos niñas ingresan a las carpas y su padre saca dos bolsas de regalo, una para cada una. Las niñas las destapan, sacan un peluche cada una, lo abrazan y luego se lanzan sobre su padre para agradecerle.

«Él trabajó dos noches seguidas sin dormir cuidando un parqueadero para reunir para el regalo de las niñas», dice Mónica mientras observa la escena. El día anterior, su padre escuchó a Sara decir que quería un oso de peluche blanco que había visto en una de las tiendas afectadas por el terremoto. «Yo ahí supe que debía darles su regalo, puede no ser mucho, pero es un momento de felicidad para ellas», señala el padre de ambas.

Al llegar al parque, Sara encuentra el vestido rosado prometido dentro de su carpa. Se apura a tomar la ropa y se dirige a la casa de uno de los amigos del colegio de su mamá, que desde que empezó la emergencia les presta su baño. Pocos minutos después, Sara se encuentra con un castillo inflable enorme al que ya un grupo de cerca de 20 niños hace fila para poder ingresar. Al lado, una carpa decorada de punta a punta para su cumpleaños: globos que se mecen con el viento de la tarde, una mesa con dulces y, en el centro, cinco pasteles para celebrar el cumpleaños de todo niño que no haya podido celebrar el suyo.

Un parlante pequeño reproduce música de cumpleaños intentando apagar el sonido de motor de las retroexcavadoras que siguen removiendo escombros de los edificios alrededor del parque, donde ya se confirmó que no hay señales de vida y ahora solo avanzan en búsqueda por intentar recuperar los posibles cuerpos que aún queden en las edificaciones colapsadas.

Sara corre hacia el inflable de la mano de su hermana menor. Las dos suben, saltan, ríen. Cada par de segundos le gritan a sus padres para asegurarse que las vean divertirse. Desde la carpa, debajo de los plásticos, Mónica y su esposo las viligan y les sonríen.

La fiesta dura poco. Pero por un momento la tragedia de hace menos de una semana ya no es la prioridad en la conversación de las familias. En el parque convertido en refugio para 200 familias, con las máquinas todavía trabajando a pocos metros, hay una torta, un inflable, y una niña de 10 años que hace unas horas no sabía si su cumpleaños existiría este año.

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